Preservando el espíritu de la Patagonia: dentro del innovador proyecto chileno de coexistencia entre humanos y vida silvestre
- Conservacion Cerro Guido
- hace 1 día
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Uno de los mejores lugares del mundo para observar pumas en estado salvaje es la Patagonia chilena. Aquí, en la estepa azotada por el viento junto a Torres del Paine, los guanacos pastan bajo el vuelo de los cóndores, mientras los pumas se desplazan en silencio entre las colinas. Antiguamente perseguidos como enemigos de la ganadería, estos depredadores tope están hoy en el centro de un innovador proyecto de coexistencia entre personas y vida silvestre en la Estancia Cerro Guido.
Por Andi Cross
Mientras el Parque Nacional Torres del Paine cautiva la imaginación del mundo con sus torres de granito y extensas rutas de senderismo, una historia menos conocida se desarrolla justo más allá de sus límites y podría resultar aún más transformadora para el futuro de la Patagonia. A los pies de la cordillera de los Andes, donde las tormentas del Pacífico alimentan los frondosos bosques siempreverdes del oeste y se disipan en la estepa seca del este, está en marcha un audaz experimento de coexistencia.
Este es el caso de la Estancia Cerro Guido, un predio de 200.000 hectáreas que ha pasado de la ganadería a convertirse en una verdadera frontera de conservación. Sus contrastes —entre bosques húmedos y matorrales azotados por el viento— configuran un paisaje de enorme riqueza visual y una biodiversidad excepcional. Cóndores planean en lo alto, guanacos recorren las praderas, zorros y zorrillos se ocultan entre la vegetación, mientras el águila mora patrulla los cielos. Pero el habitante más icónico, y quizás el más controvertido, es el puma.

Los pumas, o Puma concolor, son depredadores tope fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas, aunque a menudo son incomprendidos. Ostentan un Récord Guinness por tener más nombres que cualquier otro mamífero, con más de 100 denominaciones distintas desde el norte de Canadá hasta el extremo sur de la Patagonia. Sin embargo, en Chile su historia ha estado marcada durante décadas por el conflicto. Por más de un siglo, la ganadería ovina ha definido la economía de la región, y los pumas fueron perseguidos incansablemente como enemigos de la subsistencia. A pesar de las protecciones introducidas en la década de 1990, la persecución sigue siendo una realidad en muchas estancias.
En Cerro Guido, ese relato es precisamente el que el equipo busca transformar. A través de investigación científica, alianzas con las comunidades y nuevas estrategias de manejo de depredadores, la Fundación Cerro Guido —el brazo de conservación de la estancia— está poniendo a prueba una pregunta radical: ¿pueden los seres humanos y estos grandes carnívoros compartir el mismo territorio de manera exitosa?
Si este esfuerzo logra consolidarse, podría redefinir la conservación en Chile y en todo el continente.

Comprender a los pumas
En el corazón del trabajo de la Fundación Cerro Guido se encuentra el Proyecto Puma, considerado una de las iniciativas de coexistencia con depredadores más ambiciosas de Sudamérica. En las colinas cubiertas de matorrales conocidas como las Condoreras —donde los pumas alcanzan la mayor densidad conocida en el planeta, con un estimado de entre tres y seis individuos por cada 100 kilómetros cuadrados—, investigadores e investigadoras trabajan para proteger a la especie y, al mismo tiempo, redefinir la forma en que Chile y el mundo perciben a estos animales.
El proyecto está liderado por Pía Vergara y su mano derecha, Solange Sabelle, dos mujeres que están abriendo camino en un ámbito históricamente dominado por hombres. Pía, fotógrafa de vida silvestre de formación, ha pasado más de 20 años en la Patagonia, transformando su mirada en un programa científico que comenzó con apenas tres personas.

Sus resultados ya están desafiando supuestos establecidos, lo que ha sido un avance estimulante para este experimento. Los manuales describen a los pumas como animales solitarios y esquivos; sin embargo, el equipo de Cerro Guido ha acumulado más de 3.000 horas de observación directa que apuntan a una historia distinta. “Estamos viendo hembras que se desplazan y juegan con sus crías de maneras que sugieren un comportamiento más social de lo que se creía hasta ahora”, señala Solange. “Nuestro trabajo es científico, pero también necesita generar vínculos emocionales con la naturaleza y con el territorio, para que podamos mirarlo de otra forma. Nos inspira a observar más de cerca”.
Esos vínculos y nuevas miradas se construyen con paciencia. El equipo de investigación pasa ocho —y a veces hasta doce— horas al día en casi absoluto silencio, observando incluso los detalles más mínimos. Estudian cómo los pumas bajan su cuerpo para emboscar a los guanacos; cómo las crías juegan y forcejean en el pasto; cómo una madre recorre y vigila su territorio. Al no tener manchas o rayas distintivas como los guepardos o los jaguares, cada individuo debe ser reconocido a través de rasgos más sutiles. “Estamos identificando a estos animales por su forma de caminar, su postura o su personalidad. Con el tiempo, estos patrones se transforman en relaciones, lo que nos permite reconocer a los pumas como individuos que moldean el paisaje”, explica Solange.

Uno de los felinos más icónicos documentados en Cerro Guido es Raya, la primera puma registrada mediante cámaras trampa en 2019. Su nombre —que alude a la forma en que se desplaza por el paisaje, dejando casi ninguna huella— describe con precisión su manera de moverse. Durante seis años, investigadores e investigadoras han seguido a Raya y a sus crías, reconstruyendo un retrato íntimo de su vida familiar, que incluye juegos y revolcones en el pasto, así como cuidadosas lecciones de caza. Pero este trabajo va mucho más allá del comportamiento animal: en su esencia, actúa como una estrategia para construir el equilibrio deseado entre las personas y la naturaleza.
Durante más de un siglo, la ganadería ovina ha definido la economía y la cultura de la Patagonia. En ese contexto, los pumas —que se alimentan principalmente de guanacos y liebres, y solo ocasionalmente de ovejas— fueron vistos como adversarios implacables. Incluso después de las prohibiciones de caza implementadas en la década de 1980, las muertes ilegales persistieron, especialmente en estancias más pequeñas del norte, donde la pérdida de una sola oveja podía significar que una familia entera pasara hambre.

El equipo de Cerro Guido comprendió que proteger a los pumas implicaba ir más allá del rigor científico. Para que el proyecto fuera viable, era necesario ganarse la confianza de las personas que han trabajado estas tierras por generaciones, una tarea nada sencilla. Ese camino comenzó con los gauchos, los trabajadores rurales cuyas tradiciones están profundamente arraigadas en la Patagonia. La vida gaucha, sin embargo, está en retroceso. La mayoría son hombres mayores, endurecidos por inviernos implacables y largas jornadas en el campo. Pocos forman familia o logran transmitir estas tradiciones. “Uno no se convierte en gaucho; se nace gaucho”, explica Solange. Construir confianza con esta comunidad requiere tiempo, así como certezas y pruebas concretas de que la conservación no borrará su forma de vida.
De cazadores a aliados de la conservación
Muchos gauchos fueron contratados históricamente como leoneros, cazadores discretos de pumas. Hoy, algunos de esos mismos hombres trabajan como rastreadores y aliados de la conservación. Uno de los ejemplos más potentes es el de Mirko Utrovicich, ex cazador de pumas que actualmente supervisa el programa de perros protectores de ganado de la estancia. Utilizando razas como el Gran Pirineo y el Maremmano, el proyecto introduce a los cachorros con las ovejas desde los tres meses de edad, generando un proceso de impronta que los integra al rebaño. Su sola presencia —junto a su ladrido y olor característicos— disuade a los pumas, que suelen evitar conflictos innecesarios. Los primeros resultados son alentadores: los rebaños protegidos por estos perros han reducido sus pérdidas hasta en un 30 %.

Aun así, los perros por sí solos no son suficientes en un territorio tan extenso y agreste, donde los pumas utilizan quebradas y farellones para acechar sin ser vistos. Para maximizar el éxito, el equipo también está adaptando las prácticas ganaderas, entre ellas la reducción del tamaño de las áreas de pastoreo, la rotación de los rebaños a lo largo de los 77 potreros de la estancia y la combinación del conocimiento tradicional gaucho con la ciencia moderna de la conservación.
La tecnología refuerza este esfuerzo. Gracias al uso de collares GPS tanto en ovejas como en pumas, el equipo de investigación puede monitorear los patrones de movimiento en tiempo real. Es la primera vez que la coexistencia se mide y se mapea con este nivel de precisión, lo que permite identificar qué estrategias funcionan mejor para prevenir los conflictos.

Para poner a prueba la coexistencia, el equipo está llevando a cabo un ensayo a gran escala: 700 ovejas divididas equitativamente entre rebaños con y sin perros protectores. Los resultados entregarán evidencia concreta sobre qué funciona y qué no a la hora de proteger al ganado sin matar depredadores. Para los gauchos —y para la ganadería en toda la Patagonia— esto apunta a demostrar que la tradición y el mundo natural no tienen por qué estar en conflicto.
Equilibrar conservación y turismo
Aun con todos estos avances, el equilibrio sigue siendo frágil. “Estamos en una posición en la que podemos ofrecer un producto turístico para observar pumas en estado salvaje. El turismo es una forma de mantener vivos a los pumas”, explica Solange. “Pero también puede ser perjudicial si no se gestiona con cuidado”. En la Estancia, el equipo es deliberado respecto de cómo se diseñan y comunican las experiencias de avistamiento de pumas. El turismo es un motor económico clave en la Patagonia, pero los encuentros sin una adecuada gestión pueden generar estrés en los mismos animales que las personas vienen a observar.

Su propuesta se basa en la planificación y la estructura: zonas claramente definidas para el turismo, el pastoreo y la conservación, junto con protocolos estrictos sobre cómo observar la fauna de manera segura y ética. Sin embargo, al traspasar los límites de Cerro Guido, la realidad cambia. En el área de Torres del Paine, no todos los operadores siguen los mismos principios. Algunos incluso recurren a cebar o alimentar a los pumas para garantizar encuentros cercanos, prácticas extremadamente peligrosas para las personas y profundamente dañinas para los animales. Este contraste evidencia la urgente necesidad de una gestión más robusta a nivel regional y subraya por qué el trabajo que se realiza en Cerro Guido es tan fundamental.
Vivimos en una época en que los encuentros intensos y de alto riesgo con la fauna silvestre se empaquetan como entretenimiento, amplificados por las redes sociales y vendidos como aventura auténtica. La realidad, sin embargo, es muy distinta. Alimentar o presionar a animales silvestres para obtener una fotografía compromete su comportamiento natural y pone en riesgo tanto a las personas como a las propias especies. Cerro Guido propone un camino alternativo, donde el turismo guiado por la ciencia prioriza el bienestar animal, el beneficio comunitario y la conservación a largo plazo. Sin regulación ni responsabilidad, el turismo corre el riesgo de convertirse en una amenaza más para los depredadores de la Patagonia, en lugar de la poderosa herramienta de protección que debería ser.

Próximos pasos
Todo esto forma parte de la razón por la cual, bajo la guía de Pía, Solange está liderando la siguiente etapa del trabajo de investigación, llevando el proyecto a un nuevo nivel. Se está implementando una red de 60 cámaras trampa que permitirá obtener el registro más detallado del comportamiento de los pumas jamás realizado en Chile. A lo largo de dos años, este sistema mapeará cómo estos felinos se desplazan a través de áreas de pastoreo, corredores de conservación, bosques y zonas turísticas, revelando en última instancia cómo la presencia humana moldea sus vidas.
“Hemos hecho el trabajo de base. Ahora es momento de profundizar”, comenta Solange con orgullo evidente. “La mayor parte de la investigación sobre pumas en América se ha concentrado en el norte. Lo que estamos haciendo aquí cambiará la forma en que entendemos y protegemos a esta especie en la Patagonia”. Hasta ahora, se han identificado 66 pumas distintos, conformando la base de datos más grande de su tipo en Chile. Al no tener una temporada reproductiva fija, las crías pueden nacer en cualquier momento del año, lo que exige una vigilancia constante por parte del equipo.

Para las personas de Cerro Guido, el trabajo implica transformar todos estos datos en una nueva forma de pensar. “Este es un esfuerzo de largo plazo. Quizás 20 años, o incluso más. No estamos en esto buscando resultados rápidos. Estamos aquí para sentar a todos a la mesa —ganaderos, científicos, operadores turísticos— y descubrir cómo convivir”, señala Solange.
Aquí, en este remoto confín del mundo, el equilibrio se siente al alcance de la mano. Se percibe en la forma en que gauchos que antes cazaban hoy rastrean con paciencia; en el murmullo grave de los perros que custodian el ganado durante el día; y en la fuerza silenciosa de un puma que se desliza de regreso hacia la estepa, al lugar al que pertenece. Este es el futuro de la conservación en la Patagonia: no personas contra depredadores, sino personas aprendiendo a vivir junto a ellos en uno de los paisajes productivos más salvajes del planeta.
Imagen destacada: Adam Moore.
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Esta historia forma parte de una colaboración editorial entre Earth.Org y Edges of Earth Expedition, un equipo dedicado a revelar historias poderosas desde la primera línea de la crisis climática. Liderando este proyecto está Andi Cross —expedicionaria, estratega de impacto, escritora y divemaster certificada por SSI—, quien ha pasado más de dos años recorriendo el mundo e inmersa en las realidades del cambio ambiental.



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