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El futuro del turismo pertenece a quienes protegen lo que venden

Por Andi Cross, miembro de Forbes Councils.


Andi Cross es estratega, escritora, buceadora profesional SSI y exploradora de SCUBAPRO, y lidera Edges of Earth, una expedición global sobre soluciones climáticas.

En un mundo construido en torno a la gratificación instantánea, hemos olvidado cómo esperar. Esa impaciencia nos acompaña a todas partes. Si una entrega de Amazon en el mismo día no llega a tiempo, nos frustramos. Si una publicación en redes sociales no tiene el rendimiento esperado, nos decepcionamos.

Esta mentalidad choca con la tendencia de más rápido crecimiento en el turismo global: la búsqueda de viajes únicos, basados en experiencias. Si un viaje no garantiza avistamientos de fauna silvestre o un clima perfecto, los viajeros pueden sentirse defraudados.


Para quienes están dando forma al futuro del turismo, la tensión entre la demanda y la realidad se vuelve cada vez más imposible de ignorar.


La naturaleza no funciona con horarios.

Según McKinsey, más viajeros que nunca están planificando sus viajes en torno a actividades, y Luxury Travel Magazine afirma que las aventuras basadas en la naturaleza están ‘redefiniendo’ la propia idea de lujo. La gente viaja para estar en un lugar, y como resultado espera vivir experiencias extraordinarias casi a pedido.


Pero la naturaleza simplemente no funciona bajo demanda. Tras tres años documentando avances ambientales y climáticos en 45 países durante una expedición, he visto esta verdad en todas partes. A medida que crece la demanda por experiencias en entornos salvajes, los operadores deben encontrar la forma de ofrecer viajes memorables y, al mismo tiempo, educar a los viajeros sobre cómo funciona realmente el mundo natural.


Eso implica establecer expectativas desde el principio —desde el marketing hasta la reserva y la experiencia en terreno—. Implica ofrecer un valor que vaya más allá de un esquivo avistamiento de fauna, para que los visitantes se lleven algo mucho más profundo, como la gratitud por simplemente estar en la naturaleza.

He visto a un puñado de operadores hacerlo excepcionalmente bien. Han optado por rechazar a quienes exigen garantías, y enfocarse en quienes están dispuestos a aceptar lo salvaje tal como es. Creo que estos grupos pueden servir como un modelo para otros en el turismo enfocado en la conservación.


Primera lección: dejar que lo salvaje marque el camino

Veo a la Estancia Cerro Guido, en la Patagonia chilena, como uno de los ejemplos más claros de cómo los encuentros con la fauna silvestre y la conservación pueden coexistir. Durante años soñé con ver pumas en su hábitat natural, y aquí finalmente pude cumplir ese sueño. La magia no estuvo en una foto preparada ni en un avistamiento garantizado, sino en observar a estos animales en sus propios términos.


Los visitantes son guiados por científicos y rastreadores que conocen a los felinos como individuos, entienden su comportamiento y ponen su bienestar por encima de cualquier lista de deseos del viajero. Los avistamientos ocurren a una distancia respetuosa, y solo si los animales deciden dejarse ver.


Esto representa un cambio radical en una región donde algunos operadores aún atraen a los pumas con cebos o prometen encuentros cercanos. Los operadores responsables construyen sus modelos sobre la ciencia y la educación, con expertos en terreno que estudian a estos animales todos los días.


El resultado es algo mucho más significativo: une a gauchos (ganaderos tradicionales), conservacionistas y viajeros en la protección del principal depredador de la Patagonia. Los visitantes se van con una comprensión más profunda del territorio, su cultura y el frágil equilibrio que hace posibles estos avistamientos.


Hacer que los visitantes se ganen el acceso

Frente a la costa de la Columbia Británica, God’s Pocket es uno de los destinos de buceo en aguas frías más extraordinarios del planeta. Y el acceso no es automático: los buzos deben demostrar tanto habilidad como responsabilidad antes de poder entrar al agua. Eso marca de inmediato el tono: se trata de un ecosistema marino frágil que exige el máximo respeto.


La operación que mi equipo y yo conocimos allí refleja ese mismo espíritu que buscamos a lo largo de nuestra expedición. Completamente fuera de la red eléctrica, el resort funciona con energía solar, desaliniza su propia agua y ha sido diseñado para minimizar su impacto.


Este compromiso atrae al tipo correcto de buzo: personas que entienden que el privilegio de ingresar a un entorno salvaje de aguas frías conlleva una gran responsabilidad. Esto demuestra que, cuando la sostenibilidad está integrada en el corazón de una operación, se protege el entorno al mismo tiempo que se eleva la experiencia en su conjunto.


La curiosidad como motor

Si la Patagonia enseña paciencia y Canadá exige destreza, el campamento Namoroka Tsingy, en el noroeste de Madagascar, muestra hasta qué punto la curiosidad puede impulsar la conservación.


A menudo llamado el ‘octavo continente’ por su biodiversidad incomparable, Madagascar no se parece a ningún otro lugar —y el Parque Nacional Namoroka es su mejor ejemplo. En 220 kilómetros cuadrados convergen seis ecosistemas, entre ellos las afiladas formaciones de piedra caliza tsingy, bosques de bambú y bosques secos, humedales ribereños, cañones exuberantes y más de 100 kilómetros de cuevas.


Aquí, los viajeros pueden encontrarse con hasta 10 especies de lémures, además de fósas, 21 especies de murciélagos, más de 100 aves y flora que no existe en ningún otro lugar. Pero la verdadera innovación está en cómo el campamento trabaja junto a investigadores de Wildlife Madagascar, que conocen a los lémures mejor que casi nadie.


El turismo aquí alimenta directamente la conservación, ya que los recursos van a la investigación de la región. Los visitantes apoyan la exploración ética de cuevas, el monitoreo de especies e incluso el descubrimiento de nueva vida silvestre. Aunque los avistamientos no están garantizados, se invita a los viajeros a vivir y aprender en uno de los paisajes más surrealistas del planeta.


Proteger lo salvaje es proteger el negocio

La realidad es que, si eres un operador turístico que vive de la naturaleza, la conservación ya no puede ser opcional. Los operadores tradicionales que no la han integrado en su modelo de negocio ya están quedando atrás, y para cualquiera que recién entra a este sector, la conservación es el mínimo indispensable.


Hoy los viajeros son más exigentes, las regulaciones se están endureciendo y los ecosistemas están bajo una presión sin precedentes. Si el turismo quiere seguir existiendo a la escala que conocemos, los operadores deben asegurar que la conservación funcione en ambos sentidos: protegiendo los lugares salvajes que los viajeros vienen a ver y apoyando a las comunidades que dependen de ellos.


Mi postura se ha ido reafirmando con el tiempo. Si hoy construyes un negocio sin considerar cómo beneficia tanto a las personas como al planeta, estás edificando sobre tiempo prestado.


Pero no necesitamos reinventar la rueda. Muchos de los modelos para prosperar en un mundo cambiante ya existen: desde estancias en la Patagonia guiadas por la ciencia hasta centros de buceo alimentados por energía solar en Canadá. Ya estamos viendo pruebas de que la conservación y el comercio se fortalecen mutuamente. Lo que falta es escala y el coraje de más líderes para sumarse.


El futuro del turismo pertenecerá a quienes entiendan que proteger los recursos naturales es proteger su propio negocio. Cualquier otra cosa es una visión de corto plazo.

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